Cristina MagdalenoArona (Tenerife), 19 oct (EFE).
– Desde que Galileo apuntó un telescopio al cielo, la astronomía ha perseguido la luz de estrellas, planetas y, más tarde, galaxias, pero la nueva generación de telescopios quiere también estudiar lo que no vemos, la oscuridad dominada por materia y energía cuya naturaleza desconocemos y responder a otra pregunta mucho más antigua: si estamos solos en el universo.
Esas dos grandes incógnitas han articulado en Starmus la mesa ‘El Universo está esperando’, en la que el director general del Observatorio Europeo Austral (ESO), Andreas Kaufer; la profesora de Ciencia Planetaria del Instituto Tecnológico de California (Caltech), Bethany Ehlmann, y el presidente de la Asociación de Universidades para la Investigación en Astronomía (AURA), Matt Mountain, han recorrido desde los telescopios gigantes que empiezan a entrar en funcionamiento hasta la búsqueda de vida en otros mundos.
Así, Kaufer ha recordado que construir un gran telescopio lleva tantos años que las preguntas científicas pueden cambiar antes incluso de que esté terminado y que aunque los instrumentos se conciben para problemas concretos, el universo acaba planteando otros, como con los explanetas, convertidos en disciplina mientras algunos de los grandes observatorios actuales estaban todavía siendo diseñados.
Telescopios flexiblesPor eso, ha defendido, estos telescopios deben ser suficientemente flexibles para responder a preguntas que hoy ni siquiera se conocen.
La nueva generación dará además un salto de escala que Kaufer ha comparado con el que supuso Galileo al pasar del ojo humano a los primeros telescopios.
En este sentido, Mountain ha utilizado el Hubble y el James Webb, en los que participó, para ilustrar esa dificultad de predecir para qué terminará sirviendo un telescopio.
Por ejmplo, el Hubble fue concebido principalmente para precisar la edad del universo y acabó proporcionando, entre otras cosas, nuevas herramientas para estudiar la materia oscura y la expansión acelerada del cosmos.
El James Webb, por su parte, nació fundamentalmente para observar las primeras galaxias, pero la aparición de la ciencia de los exoplanetas convirtió su capacidad infrarroja en una poderosa herramienta para estudiar sus atmósferas.
A estos observatorios se suman instrumentos panorámicos como Rubin y Roman, diseñados para estudiar grandes regiones del cielo y adentrarse en esa parte del universo que no emite luz visible.
“Solo entendemos el 5 % del universo”, ha señalado Mountain al referirse al peso de la materia y la energía oscuras, dos componentes cuya naturaleza continúa siendo uno de los grandes problemas abiertos de la física.
Pero la otra frontera está mucho más cerca, han coincidido, al menos en términos astronómicos, y es descubrir si existe vida fuera de la Tierra.
El ejemplo de Marte y la observación más alláLa profesora Ehlmann ha recordado que Marte conserva en sus rocas una historia de miles de millones de años y evidencias de antiguos lagos, ríos y sistemas hidrotermales, ambientes que pudieron ser habitables.
La exploración se extiende además a mundos con océanos bajo capas de hielo como Europa, alrededor de Júpiter, y Encélado, en Saturno, mientras los telescopios comienzan a analizar las atmósferas de planetas alrededor de otras estrellas.
El reto, han advertido los participantes, será distinguir una verdadera señal biológica de procesos puramente geológicos o químicos.
Detectar oxígeno, metano u otros compuestos en una atmósfera distante no bastará por sí solo: será necesario comprender cómo funciona el planeta que los contiene.
Y encontrar vida, incluso microbiana, obligaría a reconsiderar el lugar de la Tierra en el cosmos.
El cielo oscuro, amenazadoLos participantes han advertido asimismo de que la proliferación de constelaciones de satélites amenaza la observación astronómica desde tierra justo cuando se construyen algunos de los telescopios más potentes de la historia, y han defendido que el cielo oscuro “no pertenece a los astrónomos”, sino que es patrimonio de toda la humanidad.
El debate de los tres expertos ha llegado a plantear si esas interferencias acabarán desplazando cada vez más observatorios fuera de la Tierra y han comparado el reto con lo ocurrido históricamente con otros espacios naturales que la humanidad primero aprendió a explotar y, posteriormente, a protegerlos.
“Hemos aprendido a explorar el espacio, también tenemos que aprender a protegerlo”, han resumido.
Filosofía de la humildad: No somos el centro de nadaY en medio de todo y de nada, los ponentes han destacado algo que subyace en la investigación astronómica: la ciencia ya ha desplazado varias veces a la humanidad de posiciones privilegiadas, pues la Tierra no ocupa el centro del sistema solar ni del universo, como se llegó a pensar, y la materia de la que estamos hechos constituye solo una pequeña fracción de todo lo existente.
Matt Mountain resume esa sucesión de descubrimientos como una “filosofía de la humildad”: cuanto más lejos alcanza la tecnología, más evidente resulta lo que todavía falta por comprender.
“Cada vez que empujamos los límites descubrimos: esto tampoco lo sabíamos”, ha rematado.
Por eso, detrás de espejos gigantes, detectores y proyectos construidos durante décadas continúa habiendo preguntas sencillas pero lejos de resolución, como qué es realmente el universo, cuánto se extiende, por qué la Tierra es como es y, sobre todo, si hay alguien más ahí fuera.
EFEcmg(foto)(vídeo)